17 de abril 2018
Por: Paulina Lopez

Cine Savoy una de la salas de cine porno más antigua de la ciudad

Hoy el Cine Savoy es un ir y venir de gente que no se mira el rostro y que solo adentro se reconoce con el otro para tener una interacción sexual.

“Aquí viene gente normal a ver chamacas encueradas, pasarla bien y ya después bien contentotes se regresan a trabajar”, dice el gerente del Cine Savoy. Para él y para todos los empleados de este lugar su trabajo no es tema de morbo, es rutina. Es llegar temprano, abrir, limpiar, atender a la gente, ofrecerles un servicio para que al final los clientes disfruten (en el sentido más explícito de la palabra).

A la hora de la comida es cuando más se llena, en especial los miércoles porque hay precio especial. Desde que llegué no he visto la taquilla vacía. Hombres de todas las edades se acercan y piden su boleto. No hay comunicación entre la taquillera y los clientes, ambos deciden ignorar sus rostros, pasar de largo y entrar directo a la obscuridad, a algunas de las salas en penumbra que se dividen por el tipo de películas que se proyectan: filmes heterosexuales y homosexuales.

El cine se encuentra en uno de los pasajes comerciales del Centro Histórico que lleva el mismo nombre que el cine. En la calle 16 de septiembre, al fondo del Pasaje Savoy, de unas luces de neón moradas y blancas se lee: Cine Savoy. El recinto se inauguró en 1943, siete años antes de la llegada de la televisión en México, y por lo mismo se convirtió en un punto de referencia para el entretenimiento de la vida capitalina. Familias enteras se reunía en el Cine Savoy antes de que fuera triple X, pasaban la tarde y veían alguna película en estreno.

En 1970, cuando el Cine Savoy se convirtió en un espacio que ya pedía identificación de mayoría de edad, comenzaron a proyectar películas clasificación “D”, como Garganta Profunda, una de las  más populares en los setenta. En ese momento tenían muy pocas cintas que proyectar por la distribución tan lenta. Además, la gente iba casi disfrazada a las funciones por miedo a ser reconocidos. “Ahora más bien todos evaden miradas”, dice el gerente del lugar.

Lo que pasa adentro es todo lo contrario. Los espectadores buscan el contacto visual entre ellos. Es la manera de comunicarse y aceptar o rechazar su presencia allí y cualquier roce o interacción que pudiera ocurrir. El Cine Savoy es de esos lugares donde el lenguaje y las reglas están ya definidas sin explicación previa. Los clientes frecuentes saben ya cómo actuar individualmente y entre los demás. Saben qué hacer y qué evitar. Cuando están abiertos a una interacción con el otro, buscan el contacto visual, si el otro mantiene ese contacto saben que están a algunas butacas del placer.

“Aunque ya puedas encontrar muchas películas en Internet, no es lo mismo que verlas en pantalla grande. Por eso la gente sigue viniendo”, afirma el gerente, como si fuera una hipótesis comprobable. Pero quizás la razón sea más en cuestión de la interacción, el contacto con otro dentro del cine. O la adrenalina epidérmica de estar allí. Y por el morbo de los curiosos que terminan yendo solo para ver qué (a quién) pueden encontrar. O tal vez sí tenga razón, nunca va a ser lo mismo una experiencia en pantalla chica comparada con una proyección de cine.

El Cine Savoy está dividido por dos salas: la Sala Royal, que se encuentra en la parte de arriba y exhibe cine porno gay (conocida por albergar abiertamente sexo en vivo), y la de abajo, la Sala Savoy, que es cine porno heterosexual. En ambas se puede encontrar una programación de 11 horas continúas, con opción a permanencia voluntaria.

“Seguro eres la única mujer que ha pisado el cine en la semana”, me dice un hombre calvo que parecía haber tomado de más antes de entrar al cine. “Hay muy pocos provocadores como él”, dice el gerente dirigiéndome a la salida. Este hombre, que lleva más de 20 años trabajando como gerente allí, sigue sin entender por qué el cine porno más antiguo de la ciudad es una tema de interés.

Me hace más preguntas que yo a él. Quiere entender el porqué de la fascinación por algo así. Le respondo que creo que porque no es algo que esté a la vista, es de esos pocos lugares de los que por más que leamos al respecto hay que adentrarse, hay que vivir la experiencia para que se nos quite esa “curiosidad” que genera aquello que no conocemos o no podemos entender.

Las instalaciones del Cine Savoy alguna vez formaron parte del Convento de San Francisco, donde radicaba la sede de Orden Franciscana. Hoy es un ir y venir de gente que no se mira el rostro y que solo adentro se reconoce con el otro. Al salir, la luz del centro deslumbra y el sonido de los organilleros sigue siendo parte del ambiente sonoro de la ciudad.

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