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12 de marzo 2020
Por: Diego Cera

Tacuba es la calle más antigua de América, pero por sus historias la queremos más

La calle de Tacuba existía, con el mismo nombre, antes de la fundación de la ciudad, por eso la bautizaron como la calle más antigua de las Américas.

Cuando apareció la primera crónica urbana de la ciudad, Tacuba, la calle más antigua de América, ya estaba allí. Hoy, la enorme avenida se parte en cinco secciones, cada una con un nombre diferente: Tacuba, Avenida Hidalgo, Puente de Alvarado, Ribera de San Cosme y México-Tacuba.

Los mexicas construyeron esta calle de ocho kilómetros en el siglo XIV como una vía comercial entre Tenochtitlán, Texcoco, Tacuba, Tepeyac y Tlatelolco. Se llamaba Tlacopan, nombre que los españoles pronunciaban como “Tacuba” y significa “lugar de la planta de jarilla”.  Por eso su estación de metro tiene como símbolo esa planta de flores amarillas que antes crecía por todos lados. En 1523, cuando el geómetra Francisco de la Maza hizo los primeros planos de la Nueva España, decidió conservar Tacuba con todo y su epiteto de “la calle más antigua de Las Américas”, pero también fue una de las más trágicas por todos los sucesos que la marcaron para siempre.

Plano general de la Ciudad de México, hecho por Diego García Conde, datado en 1793.

Plano general de la ciudad de México, 1875. En éste plano y en el de arriba ya aparece Tacuba. Es esa calle que pasa arriba de la catedral y la alameda. Se dirige al noroeste de la ciudad. Foto: New York Public Library.

Las tragedias de Tacuba

En 1520, cuando Cortés condenó a Moctezuma a la muerte por hierro, el cuerpo ensangrentado del emperador cayó sobre la calle Tacuba. Un día después, cuando el conquistador intuyó la muerte en el rostro del pueblo mexica, dirigió a su ejército sobre esa misma calle y, a la altura de lo que hoy es la Plaza del Árbol de la Noche Triste ­­–donde la calle ya se llama México-Tacuba–, perdió la mula donde cargó todo su motín de oro y joyas. Ese suceso lo hirió más que ver a todo su batallón vencido… y allí mismo se echó a llorar.

Sobre la calzada México-Tacuba están los restos del Árbol de la Noche Triste, donde supuestamente lloró Cortés después de perder su mula cargada con oro azteca.

Como pasa con muchas partes de esta ciudad, la tragedia de la conquista marcó perpetuamente a Tacuba. En 1867, tras el fusilamiento del emperador Maximiliano, el cadáver fue velado a puerta cerrada en la capilla del Hospital de San Andrés, que estaba en el mismo predio donde ahora es el MUNAL. En una nota de la revista Tiempo de 1892 dice que Juárez acudió en secreto a ver el cadáver del difunto emperador al que describió como alto, desproporcionado y, aunque de frente amplia, con muy poco talento. El hospital donde velaron al emperador desapareció en 1904 por órdenes del presidente Porfirio Díaz. Como se trataba de un centro médico para la beneficencia pública, las condiciones en la que estaba no eran las mejores y consideraron que podría convertirse en un foco de infección.

Así se veía Tacuba cuando el Hospital de San Andrés todavía estaba en píe en 1900.

La estatua ecuestre del rey Carlos IV fue a parar a Tacuba cuando los automóviles se apoderaron de la ciudad. En 1821, con lo ánimos independentistas todavía en su punto más alto, se mandó a cubrir la estatua con una enorme manta azul y retirar toda nomenclatura que indicara que ahí había un rey sobre un pedestal, el mensaje era directo: “no queremos más reyes en México”. De ahí que a la estatua de Tolsá los transeúntes lo rebautizaran como “el caballito” y la trataran como otro de los muchos fantasmas citadinos. La figura de Carlos IV corrió la misma suerte que el cuerpo de Maximiliano: fue a parar al MUNAL, exactamente el mismo lugar de Tacuba al que llevaron al emperador cuando su reinado se volvió obsoleto.

La estatua ecuestre de Carlos IV, conocida como “El Caballito”, y su entorno alrededor de 1880. Foto: © Cornell University Library | La Ciudad de México en el tiempo.

El caballito de Tolsá ya en Tacuba frente al Museo Nacional de Arte.

El escritor Héctor de Mauleón dice que los herreros que utilizaron Tacuba como base de operaciones le dieron un aspecto tosco, pero no por eso menos admirable. Por cierto, en su libro La ciudad oculta apunta que ni él se salvó de Tacuba, porque a los 5 años se perdió ahí mientras su madre miraba un aparador. Por eso, aunque muchos preferirían recorrer Madero, Bucareli o Reforma mientras andan por la ciudad, no podemos dejar de lado Tacuba, nuestro primer eje vial y, si lo pensamos detenidamente, el centro de muchos de los episodios más importantes de nuestra historia que todavía retumban en sus herrerías, sus puestos ambulantes y los espacios vacíos que dejaron sus antiguos monumentos. Cómo no quererla tanto.

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