mundial
30 de julio 2018
Por: Carolina Castañeda

Extrañar el Mundial de futbol en la Ciudad de México

Durante el Mundial nos deslizamos a ser niñas y niños que se buscan por el simple hecho de coincidir a través de un juego.

Deambulo por la calle hasta encontrarme con los Sifones, restaurante en el barrio San Andrés, Coyoacán, con muy buenos tacos a la parrilla sobre tortillas cuadradas hechas a mano. Son las 10 de la mañana. Está cerrado y han quitado de la puerta las banderitas de países. Entonces recuerdo a Rudy con nostalgia: gerente de una farmacéutica aledaña que, durante el Argentina vs Croacia, comenzó a hacerme plática. Pidió caldo de pollo y tacos de costilla con queso; hacía muecas, sonreía y se enojaba hasta ponerse color trompo al pastor cuando la cámara enfocaba a Sampaoli quitándose el saco, exponiendo sus brazos tatuados; “mira nada más ese tipejo, ¡qué ridículo!”, me decía Rudy con acento de lord criticón y tonada que se recargaba en las primeras letras de cada palabra, abriendo apenas los labios, mostrando los músculos de su férrea quijada, los ojos saltones y su cabeza tambaleante como los muñequitos cabezones. Vinieron los goles y Rudy me abrazó como no lo hace con sus hijos, me explicó detalladamente la formación de los equipos como no lo hace con sus empleados y escuchó mis opiniones arbitrales con la paciencia que no le tiene a su esposa.

Extraño mucho el Mundial de futbol.

Extraño la suspensión de lo cotidiano, la destrucción de lo monótono y sentir el roce de la utopía por unir a una sociedad desmembrada y con tantas heridas. Con futbol nadie olvida sus consignas, problemas, dolores, alegrías e indiferencias, pero durante el Mundial nos deslizamos a ser niñas y niños que se buscan por el simple hecho de coincidir a través de un juego que vincula por medio de una ilusión compartida a gente en el Hospital Tlalpan, en el mitin que otra vez cierra Insurgentes, en la tienda de vinilos en la Roma, en el puesto de gorditas en la esquina entre Ignacio Zaragoza y la calle Oriente 251, en la marcha a favor de la diversidad sexual que camina hasta el zócalo desde Reforma, en los cubículos de la Prepa 8 o en las oscuras capillas de la Basílica de Guadalupe. Un juego que durante cinco semanas del verano pareció hermanar en la Ciudad de México, a través de una misma ilusión, lo público con lo privado, lo carnívoro con lo vegano, al marginal con el poderoso. Detrás de las mafias, los escándalos, el fanatismo y el capitalismo salvaje que rodean al futbol, siempre se impone su voz interior: el juego, el acento lúdico que huele a césped y vuelve al individuo en masa, el desorden que aminora la distancia con el desconocido, el caos donde se expresan los síntomas genuinos de la libertad.

Extraño el mundial de futbol por la manera en que juega con nosotros: vidas efímeras en busca de un grito desesperado que por unos segundos nos haga deshacernos de la identidad que la cultura nos ha vendido y le hemos comprado. Buscadores de ilusiones. Mis pies habrán de envejecer cuatro años y medio para volver a quebrar el vidrio con un balón y saber si detrás de aquella vitrina se puede recoger algo más que la desesperación de la vida diaria.

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