fotografías Turok

Vista de la exposición de Antonio Turok en el MAF

27 de enero 2017
Por: Patricia

Tres pisos de fotografías de Turok en el Museo Archivo de Fotografía

El Museo Archivo de la Fotografía muestra 208 de la mejores fotografías del maestro del fotoperiodismo crítico Antonio Turok.

“Turok no pertenece propiamente al concepto de periodista de guerra”. Así comienza el primer texto de la exhibición sobre el fotógrafo Antonio Turok en el Museo Archivo de la Fotografía. Y aunque durante todo el recorrido se encuentren revistas para las que colaboró, tarjetas de corresponsal y pases de prensa, es cierto que Turok tuvo una mirada diferente de aquellos a los que se les llama fotoperiodistas. Explicar cuál fue esa peculiar mirada es ahora el principal objetivo de este museo con vistas al Templo Mayor con la exposición Reflexiones: entre la alegría y la desesperación.

Antonio Turok (Ciudad de México, 1955) es nieto de judíos rusos emigrados a EEUU, aunque sus padres emigraron posteriormente a nuestro país. Por ello la identidad de Turok tuvo varios referentes, y sus raíces mexicanas, siendo muy livianas en un primer momento, fueron tomando fuerza con la curiosidad del fotógrafo. En 1973 acompañó a su hermana en un viaje a Chiapas y comenzó a tomar fotografías. Él apuntó sobre este viaje:

Yo era un fotógrafo itinerante, un joven que huía de los horrores de la ciudad para explorar una cultura distinta a la mía. Sentía un deseo incontenible de capturar la belleza que me rodeaba antes de que se desvaneciera.

Esta itinerancia de la que Turok habla fue la que le llevó a presenciar conflictos en el momento exacto de su explosión. Algo de lo que siempre se habla al describir su obra es: estaba en ese instante preciso en el que todo ocurre. Como fotoperiodista –que es como se le considera en un primer momento al ver su obra– documentó las guerrillas de Nicaragua y El Salvador, la crisis de migrantes guatemaltecos en México o el levantamiento del EZLN en las selvas de Chiapas. Al ver sus fotografías bélicas uno creería estar ante la obra de alguien preocupado por documentar un conflicto, pero si uno gira la mirada a las demás fotos intimistas que integran sus series, obtiene una sensación diferente: Turok aparece como un humanista, de espíritu alegre, que sabe sacar la ternura de las escenas más desesperadas.

De otro modo, uno no podría explicarse aquella foto de una niña guatemalteca desnutrida o de otra muerta que yace en un ataúd artesanal en medio de un círculo de gente con rostros serios pero serenos. Esa crudeza es abrazada por Turok para compaginarla con otro tipo de imágenes como la de una máquina de escribir sobre un escritorio de El Salvador los cuales, completamente calcinados, refieren a una ofensiva contra la libertad de expresión. Es entonces cuando uno empieza a entender que Turok retrata más la vida que la muerte, esa que se queda y se desarrolla a los costados de los levantamientos ya sea mediante la imagen de unos niños jugando, la de una mujer dando a luz, unos zapatos de desertores que quedan en medio de una carretera o el retrato de una mujer trabajando completamente sola en una gigantesca fábrica textil llena de máquinas en Managua. Como si el tiempo se hubiese parado durante el conflicto y la soledad de la revuelta que queda en las casas y en los trabajos aflorase en forma de una atmósfera extraña pero placentera.

Ese preciso instante que todo fotoperiodista necesita, para Turok es mucho más. Es esa soledad de la mujer en la fábrica, en su intimidad, pero también son los momentos previos al fusilamiento de un prisionero de guerra a manos de una guerrilla que lo observa y lo acorrala en Jinotega (Nicaragua). Turok mira hacia esas esperas de los guerrilleros, sus viudas y los que rodean los ataúdes en un intento por descubrir qué fue lo que les llevó a levantarse en armas y entregar sus vidas. Como él mismo dijo:

Durante la década de los ochenta, recorrí Centroamérica tratando de comprender por qué los pueblos se levantaban en armas. Años de amargas luchas no necesariamente han acarreado una mejoría en sus vidas. Considerando el trágico costo, es preciso cuestionar si la violencia es el método más viable para debilitar los sistemas que marginan a los pobres de la justicia y de la equidad.

Con estas palabras, resulta evidente que Turok veía una realidad diferente a la que la mayoría solía retratar sin cuestionar. En los nombres de sus fotografías él impone su juicio y su crítica. Como en la fotografía llamada “Los juegos”, en la que se ve a unos niños encapuchados y armados con metralletas en los bosques de San Juan Chamula (Chiapas). Estos niños, cuyo juego ahora es la guerra, se unen a los retratos de famosos guerrilleros documentados por el fotógrafo, por ejemplo el Subcomandante Marcos o la Comandante Ramona y la Mayor Ana María, quienes conforman un maravilloso y preciado registro histórico a la vez que dan muestra de la importancia que tuvieron las mujeres en el movimiento. Ellas, hacia el 2004, conformaban un 30 % de las fuerzas zapatistas armadas y un 50 % de las “bases de apoyo”, según contó ese mismo año Ángeles Mariscal para La Jornada citando a Karen Kampwirth.

Turok llega con su registro hasta nuestro milenio documentando el levantamiento de 2006 de los maestros en Oaxaca y los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Llega hasta estos días en los que pensamos que ya no hay levantamientos como los de antes pero que nos enseñan que las protestas y el terrorismo siguen provocando otro tipo de violencia colectiva que paraliza sociedades.

En las fotos de Turok se pueden unir de repente las ciudades de Oaxaca y Nueva York por las llamas y el humo que las rodeaban en esos días, lo cual  provoca un sentimiento de colectividad que supera las diferencias económicas y políticas. Mediante estas fotografías, en palabras de Fernando Gálvez de Aguinaga sobre el fotógrafo, “Antonio quería comunicarnos una realidad terrible para que no se prolongue más, para que los sucesos que narran estas fotos no vuelvan a ser registrados por cámara alguna”. Y eso no lo hace un fotoperiodista cualquiera.

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