cárcamo
2 de marzo 2018
Por: Maria José

El secreto mejor guardado del Bosque de Chapultepec es una canción

Hoy el Cárcamo de Dolores está abierto al público con un mural restaurado de Diego Rivera y una pieza sonora de Ariel Guzik: constructor, dibujante, músico, herbolario, iridólogo e inventor que produce mecanismos para indagar en los varios lenguajes de la naturaleza.

A veces olvidamos que bajo la superficie de la Ciudad de México hay una compleja red de ingeniería hidráulica que permite que el agua llegue a nuestros hogares. Lo olvidamos porque no la vemos ni la escuchamos, nos es ajena, pero para eso, para recordarnos lo fundamentalmente unidos que estamos a estos flujos subterráneos, está el Cárcamo de Dolores, ahora intervenido por el genial Ariel Guzik.

El Cárcamo se empezó a construir dentro del Bosque de Chapultepec en 1942 como un lugar para captar el agua del Río Lerma (que aún hoy surte de agua potable a algunos de los millones de habitantes de la Ciudad de México). Para 1951 la primera fase del proyecto estaba terminada ––Un gran túnel que va desde la Sierra de Leones hasta ese punto, creado por el arquitecto Ricardo Rivas y el ingeniero Eduardo Molina e intervenido por nada menos que Diego Rivera con la obra El agua, origen de la vida.

El mural de Rivera, sin embargo, no resistió las condiciones de estar sumergido cuarenta años, y tuvieron que cerrar las instalaciones del Cárcamo por aproximadamente veinte años para restaurarlo. Hoy está abierto al público de nuevo ya con el mural restaurado y una pieza sonora de Ariel Guzik: constructor, dibujante, músico, herbolario, iridólogo e inventor que produce mecanismos para indagar en los varios lenguajes de la naturaleza.

Esto es más o menos lo que ocurre cuando uno visita la pieza de Guzik en el Cárcamo de Dolores:

Desde antes de entrar, el lugar empieza a jugar con tu sentido de ubicación temporal. Una gigantesca fuente en honor a Tláloc, dios de la lluvia, te observa. Se encuentra frente al edificio funcionalista que en cada esquina tiene una gárgola de Quetzalcóatl y está rodeado de jardines que dan la sensación de estar solo. Por alguna razón que quizá tiene que ver con el eco y la amplitud del espacio, uno siempre se siente solo en el Cárcamo de Dolores, sin importar si hay más gente allí. 

Adentro el tiempo es cualquier cosa. Artefactos que parecen máquinas del tiempo, órganos enormes suspendidos en las paredes y un eco sepulcral te envuelven, y un sonido que no has escuchado antes y que nunca o se va a repetir está en todas partes y no sabes cómo.

La impresión del inicio no se disipa pero se va explicando. Lo que escuchas es La Cámara Lambdoma de Ariel Guzik, una pieza sonora compuesta por un órgano de latón y cobre que recibe información de una máquina que Ariel llama el “resonador”, que a su vez sintetiza las ondas del aire, el sol, las nubes y la lluvia captados por un receptor fuera del edificio. El resultado es un canto circular que continúa pero nunca es igual. Y llena el vacío que dejó el agua, protagonista ausente de este espacio.

“Lo que quería hacer era trazar el tiempo a través de lo natural,” dice Guzik sobre su pieza, y tiene sentido: ¿qué es el tiempo sino un pasar efímero de lo natural?

La Cámara Lambdoma dentro del Cárcamo de Dolores es un universo aparte, una dimensión que te pone a pensar en todas las cosas que son y ocurren mientras no estás presente. Hay algo esperanzador en saber que ahora mismo los elementos se están expresando libres a través del sonido esta cámara musicoatmosférica. Y hay algo hermoso en el hecho de que sólo resuene un momento y luego desaparezca para jamás repetirse, salvo en la memoria del escucha.

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