nancy spero
7 de noviembre 2018
Por: Carolina Peralta

Las piezas hermosas (y brutales) de una de las pioneras del arte feminista: Nancy Sperro en el Tamayo

El Museo Tamayo está lleno de las pinturas en papel de Nancy Spero, piezas hermosas (y brutales) de una de las pioneras del arte feminista.

Nancy Spero es una de las pioneras del arte feminista. Creó un lenguaje visual con el que rompió con las convenciones artísticas de su tiempo. A lo largo de cinco décadas, su obra pictórica transitó por diferentes etapas, en las que plasmó su mirada sobre la mujer y su relación histórica con la opresión, la tortura, la desigualdad, la guerra y la sexualidad. El Museo Tamayo presenta su obra como una retrospectiva que lleva el título de Nancy Spero: Paper Mirror.

Con la curaduría de Julie Ault, la muestra evidencia el lenguaje introspectivo, político y poético de Nancy Spero, a través de casi 100 piezas. “La exposición abarca cincuenta años de su carrera. La idea es mostrar el rango de su obra no como una retrospectiva, sino como un mapeo de su camino figurativo y de las transformaciones radicales que llevó a cabo en su práctica”, señaló Ault para Gatopardo.

Nancy Spero era estadounidense. Nació en Ohio en 1925 y murió en Nueva York en 2009. Durante los cincuenta, mientras vivía en París, Spero abordó temas sobre la alienación y la otredad en pinturas al óleo, como en la serie Black Paintings. A su regreso a Estados Unidos en 1964, cuando el Expresionismo abstracto y el Minimalismo estaban en auge —corrientes dominadas en su mayoría por hombres—, ella se reveló contra el soporte convencional del óleo sobre lienzo (como idea del genio creador masculino) y adoptó por el resto de su carrera un soporte frágil, más mundano: el papel.

La primera serie que realizó sobre papel fue War Series, que lanzaba una fuerte crítica al sistema político estadounidense y a las atrocidades de Vietnam, con composiciones (y un trazo áspero) de bombas y lenguas fálicas. “Fue una decisión muy política porque el papel no tenía el mismo estatus que el lienzo; fue sacarle la lengua a la jerarquía del medio y a las corrientes principales que el mundo del arte había aceptado. Ella se estaba liberando de las políticas restrictivas del arte”, agrega la curadora.

A pesar de llevar casi dos décadas de actividad artística, en aquel momento no contaba con un reconocimiento institucional. Este sentimiento de invisibilidad la llevó a conectarse con la poesía cargada de dolor y enojo de Antonin Artaud y a incluir su voz en sus piezas. En la serie Artaud Paintings escribió a mano extractos de su poesía y los mezcló con dibujos referentes a la soledad, la violencia y el desmembramiento. Más tarde, a principios de los setenta, realizó la serie Codex Artaud, en la que comenzó a incursionar en el collage y a desplegarse en el espacio. En una entrevista realizada por Lynn F. Miller y Sally S. Swenson en 1981, Spero mencionó: “Me atreví a transmitir los desvaríos de un hombre —un hombre apartado de las relaciones humanas— para personificar cómo yo, una mujer, veía la falta de poder […] Recurrí a Artaud porque necesitaba un vehículo para mostrar mi enojo, y él era el poeta más enojado que había”.

Paralelamente, se incorporó a diferentes movimientos feministas y luchó por los derechos de las mujeres en el arte. En 1972, junto con un grupo de artistas mujeres, fundó A.I.R. en Nueva York, la primera galería sin fines de lucro enfocada en la creación artística de mujeres. Esto provocó una paulatina transición en su obra y su interés comenzó a volcarse en la representación exclusiva de figuras femeninas. Desarrolló a partir de entonces un vocabulario visual extenso de imágenes tomadas tanto del arte antiguo, medieval y moderno como de la publicidad de revistas del siglo XX. Venus prehistóricas, diosas de la fertilidad, atletas, prostitutas o víctimas de las guerras de Vietnam conformaban su imaginario. Su intención era trascender la idea masculina sobre el cuerpo de las mujeres, quebrantar su concepción como lo “otro” y demostrar que, al igual que el hombre, ellas pueden ser imágenes universales.

En el Tamayo…

Si bien la primera parte de la exposición tiene un ritmo cronológico, en la última sala se entremezclan diversas obras de impresión sobre papel que realizó desde los ochenta hasta los dos mil. “Spero hizo una arqueología de diferentes periodos de tiempo y culturas. El Museo Tamayo es un espacio fantástico en términos arquitectónicos para desplegar sus piezas y, además, al estar cerca del Museo de Antropología, hace posibles estas referencias cruzadas”, comentó Ault.

La exposición termina con la instalación Maypole: Take No Prisioners en el patio central. Presentada en la Bienal de Venecia en 2007, mientras se desarrollaba la guerra de Irak, la pieza nuevamente hace un señalamiento al gobierno estadounidense. Spero tomó la obra Kill Commies/Maypole de War Series, así como algunos dibujos de cabezas humanas realizados en los sesenta, y los llevó a la tridimensionalidad. En medio del espacio se levanta un tubo de 10 metros, del que descienden listones de colores en cuyos extremos cuelgan imágenes de cabezas sangrantes impresas en placas de aluminio, lo que genera un choque entre lo celebratorio y lo aterrador, entre lo estético y lo violento. A pesar de hacer referencia a dos conflictos bélicos específicos, la pieza está cargada de atemporalidad y se refiere más bien a la condición bélica humana y su brutalidad.

Spero, a través de un cuestionamiento a las convenciones artísticas, en sus pinturas logró entablar un diálogo entre el pasado y el presente para comprender el papel de la mujer en el mundo.

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