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16 de julio 2019
Por: Diego Cera

Vayan a visitar el agua en el Museo Nacional de Antropología

El Museo Nacional de Antropología tiene un romance con el agua y se refleja en cada uno de sus espacios que recuerdan al pasado lacustre de la ciudad.

No importa cómo le llamemos: paraguas, hongo, tótem o fuente. Sentarse a contemplar la cascada circular del Museo Nacional de Antropología es terapéutico y es apenas la entrada a un recinto donde el agua surge hasta de las piedras más antiguas.

El Paraguas de Ramírez Vázquez

La fuente invertida que recibe a los visitantes del museo es obra del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (<3) quien, mediante la caída libre del agua, representó la interacción entre la modernidad y la naturaleza. El agua baja desde una pirámide invertida que parece apoyar todo su peso en una sola columna de concreto reforzado con varillas de acero y recubierta por un alto relieve de bronce donde los escultores José y Tomás Chávez Morado retrataron la historia de México.

Aunque parece que la columna sostiene los cuatro paneles que forman el “paraguas”, en realidad es sólo la base de un sistema de vigas radiales que Ramírez Vázquez ideó para que toda la estructura tuviera un aspecto mucho más limpio. Por eso lo queremos tanto. Las 20 vigas de acero, que van del centro de la pirámide hasta sus orillas, evitan el uso de otras cuatro columnas que sostengan la cubierta de la fuente. Además de la estética, el diseño de la fuente ayuda a que, en tiempos de lluvias, los visitantes se mantengan secos en un espacio que, aunque es parte del museo, es independiente de la construcción original.

Los estanques (o el espejo de agua)

Todo el museo mantiene ese equilibrio ancestral con el entorno. La fuente se complementa con el espejo de agua que, junto con la escultura de caracol que está al fondo y suena todos los martes al mediodía, representa los cuatro elementos. Si uno se acerca al estanque del espejo de agua, seguro se dará cuenta de que rebosa de vida. Es un ecosistema completo donde además de los evidentes matorrales de junco y papiro, también viven carpas, charales, pejelagartos y tortugas, las cuales a menudo se confunden con las rocas. Además tienen nuevos residentes, pues una pata mallard acaba de tener patitos que flotan tranquilos sobre el espejo de agua.

Espejo de agua y el caracol que suena todos los días a las 12:00.

Los nuevos moradores del espejo de agua en el Museo Nacional de Antropología.

El Tlaloc

La exposición de la sala mexica también tiene piezas que recuerdan el pasado lacustre de la ciudad. Hay una sección entera dedicada al agua y sus deidades –Tlaloc y Chalchihticue– quienes rigen las lluvias y el flujo de los ríos respectivamente. El culto hacia ambos personajes dice mucho acerca del respeto que los moradores del Valle de México le tenían al agua y, claro, no es para menos, pues sobre ella erigieron una gloriosa ciudad que todavía se empeña por resurgir de las profundidades.

Estatuas de Tlaloc y Chalchiuhtlicue.

Brasero ritual para Tlaloc.

El agua para los mexicas significó todo. El lago de Texcoco les ofrecía todo: peces, aves y terrenos fértiles para sembrar un sinfín de vegetales. Xochimico con sus chinampas es un testimonio vivo del origen acuático de la ciudad. El ingreso de muchas familias todavía depende de estas milpas flotantes donde además de frutas y verduras también crecen flores de temporada que se venden en los mercados de flores.

Esculturas de ranas, serpientes y aves endémicas del Lago de Texcoco.

Máscara y sahumerio para adorar a Tlaloc.

Ahora que estamos en temporada de lluvias, hay que destacar la estatua de Tlaloc en cuyos pies hay una pequeña fuente sobrevolada por algunas golondrinas. Ese monolito de 165 toneladas marca un momento casi divino para el Museo Nacional de Antropología, pues lo trajeron desde su adoratorio original en San Miguel Coatlinchan en el Estado de México.

Al parecer, ni los pobladores de Coatlinchan ni el mismo dios de la lluvia estaban de acuerdo con su mudanza. Cuando la enorme roca partió de su hogar, los sabios del pueblo dijeron que el castigo por llevarse el monolito serían inundaciones y lluvias abundantes. Y así fue, en cuanto el monolito llegó a la ciudad comenzó a llover a cántaros. A menudo da la impresión de que esa venganza continúa, aunque en estos días más bien parece una bendición.

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