Rosario Castellanos (1925-1974) escribió para cuestionar una feminidad impuesta, esa que dictaba una única forma de “ser mujer” y que nació de un discurso que convirtió en verdad lo que “debía” serlo. Su mirada feminista no se instalaba en el victimismo, sino en problematizar la diferencia sexual que históricamente ha distinguido a hombres y mujeres.
En su tesis de Maestría en Filosofía Sobre cultura femenina, nombró el “espíritu femenino” que, durante siglos, se confinó a la maternidad como única vía de trascendencia de la conciencia, mientras que a los hombres se les reservaba el acceso a la cultura y el conocimiento. El 7 de agosto se cumplieron 51 años de su muerte, pero sus palabras siguen vigentes.
Desde una mirada crítica, académica, poética y afectiva, utilizó la literatura para resignificar sus memorias, esperanzas, cóleras y tinieblas, al asumirse como mujer, escritora, mexicana y chiapaneca. Narró las violencias inscritas en la cultura y encontró en la palabra una puerta para irrumpir en un mundo dominantemente patriarcal y escribir desde otro lugar. El suyo. Uno que no estaba quieto, que incomodaba, que sentía profundamente y que, al mismo tiempo, reconocía la importancia de nombrar aquello que había permanecido en el silencio.
En la palabra encontró una posibilidad. Allí donde quienes habitaban en la sombra no tenían lugar, hizo de la escritura un acto de resistencia. No eran palabras escogidas solo para embellecer con ritmo, sonido o pausas, sino palabras justas, afiladas, que reclamaban una respuesta frente a un malestar que pesaba. Y sigue pesando. Especialmente ahora, cuando el feminismo vuelve a ser puesto en tela de juicio porque no hay una sola forma de ser mujer ni de encarnar lo femenino. Nunca la hubo. Ni la habrá. Y Castellanos lo sabía. Por eso escribía.
Escribía sobre la propia realidad mexicana, atravesada y sometida a un sistema estructurado por el control y la dominación de cuerpos que dependían de la aprobación, la validación y la autoridad masculina. Lo hacía en búsqueda de equidad, cuestionando no solo el pasado y el presente en el que vivió, sino también para aspirar a un futuro distinto. Con otro modo de ser.
A medio siglo de su muerte, el pulso de su tinta sigue marcando el papel con fuerza. Su legado es una voz crítica y sensible que habló de la vida en toda su complejidad, mostrando matices que revelan la crudeza de la realidad mexicana. Una lucidez que, aún hoy, incomoda, pero de esa incomodidad surge el impulso para que nuevas generaciones de escritoras convertidas en antorchas no sepan iluminar más que el desastre.